Son diez jóvenes que viven en el Lolo Fernández y esperan con paciencia oriental la oportunidad de llegar al primer equipo. Sus referentes: Samuel Eugenio, José Carranza y Toñito Gonzales. ¿Cómo es vivir en un estadio donde solo se respira fútbol y campeonatos?
Por David Gavidia.
Una foto de Samuel Eugenio celebrando un gol ante Alianza Lima logró sacarlos de ese mutismo, de esa incomodidad que significa el hablar de sus vidas delante de un extraño. “¡Allí Esta Samuel!”, dicen, y hacen un círculo junto a Wilson, quien encontró la foto en el libro Garra, que les acabamos de entregar.
- ¿Qué fue del profe?, preguntamos.
- Ahora entrena a la categoría 93, yo soy del 92 y estuve con él hasta el año pasado, dice Pedro Diez Canseco, con la voz de quien recuerda a un viejo amigo, de esos que se hacen extrañar.
En esa fotografía color sepia se le ve eufórico a Samuel Eugenio. Grita con el alma – si no es acaso con los huevos- el título nacional de 1987, ganado frente a Alianza. Por fin, los chicos que viven en el Lolo Fernández sonríen, bromean recordando los momentos en que aquel señor les llevó la batuta. Se rompe la tensión.
Es obvio que a estos jóvenes no los adiestraron para el arte de la lectura. Su vida es pegarle al balón desde que se despiertan en ese pequeño albergue que tienen de refugio en el estadio Lolo Fernández. Pero ante la presencia de su ex profe se entusiasman. Tienen entre 14 y 18 años y esperan que el pitazo inicial de la fortuna toque a favor suyo y los asciendan pronto al primer equipo de la “U”.
Son doce los adolescentes que viven aquí. Todos vienen de provincias extrañando a la familia y formándose en esta dura vida que les ofrece el deporte en el Perú. Juegan para la “U”, viven en la “U”, se visten de “U”. ¿Cómo es la vida de estos chicos a los que desde jóvenes los entrenan para campeonar?.
Es las ocho de la noche en el Lolo Fernández y un grupo de ellos se reúne a mirar Al fondo hay sitio. Comentan la miniserie. Unos comen su cena, otros prefieren hacerse los desatendidos y salir de la sala en donde conversamos de la vida, del fútbol, de ese instante en que decidieron llegar a Lima y probarse (parar quedarse) en la “U”.
¿Solo a eso se dedican en sus tiempos de ocio?
Pues, no. Hasta hace un tiempo también jugaban al Play Station, pero dicen que de un día para otro desapareció. “Seguro que alguien de otra categoría lo puso al palo”, dice Giuliano Gamarra, quien está junto a sus compañeros en esta sala pintada de crema y que tiene, además de una “U” en el centro, el rostro de Lolo Fernández como ídolo omnipresente.
Estos jóvenes aspirantes al primer equipo entrenan durante el día y van al colegio por la tarde. El club tiene convenio con una importante cadena de centros educativos que les permite seguir adelante con su vida escolar y dedicarse a los que más les gusta: el fútbol. Les financia la vivienda, la comida y la educación con el objetivo de tener cracks a mediano plazo.
Giuliano Gamarra es delantero y llegó de Chincha hace un año. Es de los más bromistas y comunicativos del grupo. Se confiesa admirador de Samuel Eto’o y es el único en decir que en el Lolo Fernández penan. “Me han tocado la puerta del cuarto. La han azotado. Otras veces se abren los caños del baño sin que se encuentre alguien”. Todos lo escuchan y se ríen. Prefieren no creer, quizás por miedo a verse envueltos en alguna de esas historias de terror.
Afuera de sus habitaciones transcurre una vida diáfana. Por las noches los vecinos alquilan la cancha de grass sintético y la gente del barrio llega a pelotear en el mismo lugar donde en 1992 dimos la histórica vuelta olímpica. Cosas del destino. Allí, estos diez aspirantes al primer equipo se entretienen con los partidos que se juegan. “Sí baja gente pelotera”, reconocen. No se atreven a hablar de sus propias virtudes. Pero sí de su régimen casi militar: A las 9 de la noche se cierran las puertas del Lolo y ellos tienen la obligación de descansar. No salen a la calla pasada esa hora. Es lo mismo los fines de semana. Están prohibidas las fiestas, las reuniones, la palabra trago es una apocalíptica señal del fracaso. Ellos lo saben, y en mancha recuerdan a Raymond Manco. “Él se equivocó”, dicen. Claro, es realidad.
Los chicos del Lolo duermen en cuartos para cuatro y por las noches no les queda más que darle a la chacota. No tienen computadoras, menos internet. Las llamadas de sus familiares es un lujo que no se pueden dar a diario por falta de dinero. No tienen padrinos ni mecenas. Su talento se concentra en las piernas y a su vida no le queda otra más que adaptarse a esta Lima que desespera.
Wilson Corimanya llegó de Talara hace tres semanas. Está en proceso de adaptación. Es la primera vez que vive solo, y lejos de la familia. Es la primera vez, también, que no está en su ciudad. Todavía tiene ese dejo tan piurano que es la suma de un canto romántico, lento y pausado. “Se extraaaña, pues”. Lo dice por su familia, que vive cerca a la playa, tan cerca a ese ceviche que tanto añora.
- ¿Lloraste?
La pregunta es cruel. Recuerda a su familia y se le forman nubes líquidas en los ojos. “No llores, oe”, le gritan sus compañeros. “¡Ya va a llorar!”, lo joden. En realidad solo se le hace un nudo en la garganta pero de inmediato se ríe.
-¡Qué cojudo!, dice, y saca las muelas. Para adelante, no es una mueca, es una risa muy piurana.
La expresión nació al recordar que hace tres semanas, cuando llegó a Lima y se encerró a vivir en el Lolo Fernández sucedió el terremoto en Japón y las alertas de tsunami llegaron al Perú.
“Me asusté porque dijeron que el tsunami llegaba a Talara, me quería regresar a ver a mi familia”, cuenta. Serio. “Pero ya pues, no pasó nada”, dice ahora, aliviado.
Su historia es tierna. La ola que lo asustó no midió ni un metro ni arrastró su ciudad. Más grande es su ilusión por llegar a vestirse de crema, que es el sueño de muchos. Gritar un gol ante Alianza como lo hace en la foto Samuel Eugenio. Es la imagen dorada que cada uno guarda en sus cabezas. Gritar un gol con la boca inflada de gloria y en forma de “U”. Llegar a norte y ver como la masa de gente se aplasta en delirio por su tanto marcado de ¿cabeza, al guerrazo, al champú?... muy al estilo crema, pues.
Pero antes de llegar a esta mezcla de fantasía y realidad se ha tenido que venir a encerrar al Lolo Fernández. En este lugar donde Kevin repasa los cursos del colegio. Revisa literatura, aprende las fórmulas químicas pues sabe que la educación es la base de una vida correcta, y que la pelota no está alejada de ella. “Soy el menor. Tengo 14 años y quiero debutar en la U, luego me gustaría jugar en el extranjero”, dice, sin rubor.
De sus nombres la hinchada sabe poco o nada. Para ingresar al Monumental y ver un partido de la U tienen que inscribirse en una lista para ingresar libremente. Por allí, uno que otro pisó la norte y no escapó de la emoción al corear junto a la popular los estribillos de batalla. Como ellos, el “Puma” Carranza, Samuel Eugenio y “Toñito” Gonzales vivieron en el club. El “Puma” no se cansa de repetir que en esos oscuros cuartos, en esos pasadizos de ecos constantes aprendió lo que se llama “garra crema”. Esa que se hereda y se aprende.
Estos jugadores se han convertido en referentes para los jóvenes aspirantes a llegar al primer equipo. Por eso se emocionan al ver la fotografía de Samuel Eugenio, gritando con ese corazón noble la más bonita de todas las celebraciones. “¿Sería una bonita forma de debutar, no?”, se preguntan. Por supuesto que sí. Esta en ellos pintarse de crema y rojo.